¿Qué tan malo es «lo suficientemente malo»? Reivindicando el umbral moral y legal del ecocidio
Este blog invitado ha sido escrito por el Centro de Excelencia (CoE) de ESG y Datos para el Bien, una organización dedicada al uso del análisis de datos y la inteligencia artificial con fines sostenibles y benéficos.
La definición jurídica de ecocidio que ha sido propuesta es clara e intencionadamente rigurosa:
“Actos ilícitos o arbitrarios perpetrados a sabiendas de que existe grandes probabilidades de que causen daños graves y extensos o duraderos al medio ambiente”.
Sin embargo, persiste una pregunta, que no es meramente jurídica, sino ética y civilizatoria: ¿cuánto daño sería “suficiente” para que ese umbral se cruzara? ¿Qué se considera “grave”? ¿Qué hace que el daño sea “extenso” o “duradero”? Y, lo que es más importante, ¿en qué momento tomamos la decisión de que la destrucción del mundo viviente ya no es tolerable?
El ecocidio es entendido comúnmente como un daño ambiental masivo. Pero, ¿qué significa esto? Si la destrucción de todo un bosque es sin duda catastrófica, ¿cuál es entonces el verdadero significado de destruir un solo árbol?
¿Es la vida de un árbol tan sagrada como la vida de mil? ¿Son los seres vivos, tanto humanos como no humanos, unidades que sólo se suman cuando las pérdidas se hacen visibles a gran escala?
La definición jurídica consensuada de ecocidio propuesta por un Panel de Expertos Independientes en 2021.
Los ecosistemas persisten gracias a la interacción entre la tierra, el agua, el aire y la vida. La biosfera está formada por todos los ecosistemas y las interacciones entre ellos, de los que surgen las condiciones para la vida. La pregunta es: ¿cuánto de lo que hace de la Tierra nuestro “hogar” estamos dispuestos a sacrificar?
A menudo, la devastación ambiental a gran escala se basa en innumerables decisiones menores, cada una de las cuales ha sido considerada insignificante, aceptable o necesaria. La normalización comienza con un daño mínimo, aceptado silenciosamente, hasta llegar a un daño mayor que ya no sorprenda.
Si no actuamos cuando el daño es “pequeño”, no actuaremos cuando sea enorme. El ecocidio no es sólo un crimen por su magnitud, sino también por el precedente que sienta.
Por lo tanto, restablecer el principio de que la vida importa, desde el punto de vista ecológico, jurídico y moral, es esencial para prevenir el ecocidio.
Para reforzar este principio es necesario actuar en dos frentes complementarios: la legislación y la sensibilización.
La primera es el camino "difícil": la ley.
La ley no sólo responde a los vetos morales, sino que contribuye a crearlos. Incluso cuando se aplica de manera imperfecta, la calificación formal de una conducta como delictiva modifica las expectativas, limita lo que se puede justificar abiertamente y altera el comportamiento con el tiempo. Por lo tanto, la protección del medio ambiente depende de la ley no sólo para castigar la destrucción, sino también para hacerla inaceptable.
Por eso, es tan importante reconocer el ecocidio como un crimen internacional, junto con el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, los crímenes de guerra y el de agresión. De este modo, se reconoce que el daño ambiental grave no es una cuestión secundaria, sino una amenaza para la paz, la seguridad y la supervivencia humana. La rápida evolución de las normativas ambientales y climáticas en todo el mundo refleja una creciente conciencia de que la destrucción ecológica ya no es algo periférico, sino existencial.
La ley traza una línea. Se declara: hasta aquí y no más allá.
El segundo camino, el “fácil”, es: la conciencia.
No se trata de una conciencia superficial, sino de una comprensión profunda, informada y emocionalmente resonante que transforma el comportamiento.
La verdadera concienciación es preventiva. Impide que las personas cometan delitos porque deciden no llevarlos a cabo. También moviliza a los testigos. Quienes comprenden las consecuencias del daño ambiental no se quedan callados: hablan, defienden y actúan.
Es fundamental destacar que la concienciación puede adoptar muchas formas. Puede ser científica, artística, cultural, educativa o basada en datos. Cuando la información se presenta de forma relevante y comprensible para diferentes públicos, resulta persuasiva. La convicción es el paso más difícil y, una vez lograda, se produce el cambio.
Minamata: cuando la concienciación cambió la historia
Pocos casos ilustran el poder de la concienciación de forma más clara que el de Minamata, en Japón. Entre 1932 y 1968, la empresa Chisso Corporation vertió aguas residuales contaminadas con mercurio en la bahía de Minamata, envenenando a los ecosistemas y a las comunidades que los habitaban incluso después de que se conociera la causa de "la Enfermedad de Minamata". Se negó la responsabilidad, se ocultaron las pruebas y se permitió que la contaminación se extendiera. Cuando finalmente se exigieron responsabilidades en la década de los setenta, miles de personas habían sufrido y muchas habían fallecido.
Minamata, Japón, donde el envenenamiento generalizado por mercurio dio lugar a la enfermedad de Minamata.
© Sanjo, Wikimedia Commons.
Lo que cambió la atención mundial no fue una normativa ni un informe, sino una fotografía. La obra de W. Eugene Smith, Tomoko Uemura en su baño, transformó el daño ambiental, de datos a realidad, movilizando la indignación internacional y las acciones legales, trágicamente tardías, pero finalmente inevitables.
Sin ese momento de concienciación, el crimen podría haber permanecido oculto indefinidamente. Este es el poder de la concienciación: convierte el daño invisible en responsabilidad colectiva.
En esencia, la concienciación es inseparable de los datos, y los datos tienen el potencial de transformar la concienciación en acción.
Esta relación no es unidireccional. Una vez que se establece la conciencia, esta genera activamente más datos. Provoca más indagaciones, análisis más profundos y documentación adicional que revelan dimensiones antes invisibles o desconocidas.
Sin embargo, el aumento de los datos y la concienciación también pone de manifiesto un fracaso más profundo: incluso cuando el daño es visible, cuantificable e innegable, sigue ocasionándose. Esto revela que el reto ya no es informativo, sino relacional: seguimos actuando como si la destrucción del medio ambiente fuera algo ajeno a la supervivencia humana.
El ecocidio no comienza cuando la destrucción se hace visible desde el espacio. Comienza antes, en las decisiones que determinan qué tipo de daños se toleran, se excusan o se normalizan.
Esto no significa que todos los casos de daño ambiental sean equivalentes, ni que la magnitud no importe. Es reconocer que la destrucción a gran escala sólo es posible cuando se permite repetidamente que los daños menores sucedan sin que haya consecuencias.
Reconocer el daño temprano, no como un ecocidio en sí mismo, sino como una señal de advertencia, no es sentimental. Es estratégico y preventivo. Aquí la ley no sólo es importante porque protege cada vida de forma aislada, sino porque establece límites antes de que los patrones destructivos se arraiguen y se vuelvan irreversibles.
Si no establecemos límites creíbles desde el principio, nos costará mucho hacerlos cumplir más adelante. Y, si lo conseguimos, quizá podamos redefinir lo que se considera “suficientemente malo” antes de que sea demasiado tarde para intervenir.